Todavía puedo verla sentada frente a mí, contando una pérdida con una serenidad casi impecable.
Habían pasado años. Había pensado mucho en lo ocurrido, conocía las etapas del duelo y había construido una vida valiosa alrededor de la ausencia. Sabía contarlo sin quebrarse. Mientras hablaba, sin embargo, su mano derecha permanecía cerrada. No parecía darse cuenta. Dudé antes de señalarlo; podía ser un gesto sin importancia y no quería convertir cada movimiento en una clave. Cuando la conversación dejó un poco de aire, le dije únicamente que podía notar su mano, si quería. La miró con extrañeza. Pasaron unos segundos. Después abrió los dedos muy despacio y comenzó a llorar.
La mano se había abierto y la pérdida seguía allí. Durante un rato pudo llorar sin tener que explicármela. Aquel llanto me acercó al esfuerzo que había hecho para no caerse, incluso mientras hablaba con aquella serenidad.
Yo no tenía nada que añadir. Me quedé cerca mientras algo que llevaba años sostenido encontraba, por fin, permiso para pesar. No necesitábamos conducirla hacia otra escena ni buscar en su mano un mensaje que descifrar. La emoción ya estaba presente. Podíamos darle tiempo, sin pedirle además una historia que la justificara.
Aquella sesión me devolvió algo que el cuerpo sabe mucho antes que nosotros: antes de poder explicar nuestras emociones, ya las estamos sintiendo. Antes de disponer de palabras para decir miedo, soledad, alivio o deseo, nuestro cuerpo ya se acercaba, se retiraba, se tensaba, descansaba o pedía ayuda del único modo que conocía. No necesitábamos comprender para sentir. La comprensión llegó después, como llega un nombre a una habitación en la que llevábamos tiempo viviendo.
Quizá por eso resulta tan doloroso que, al crecer, nos pidan una explicación para cada emoción. «¿Por qué estás así?», «¿qué te pasa?», «¿qué motivo tienes?». Las preguntas pueden nacer del cariño, pero quien no encuentra una respuesta empieza a sospechar que su sentir es ilegítimo. Aprende a buscar razones antes de escucharse, a presentar pruebas antes de pedir consuelo, a ordenar lo que le ocurre para no incomodar. Con los años puede llegar a hablar de sí mismo con enorme precisión y, sin embargo, sentirse cada vez más lejos de aquello que está nombrando.
Reconozco el clima de muchas primeras sesiones. La persona se sienta, toma aire y comienza a contar. A menudo trae la historia preparada; no porque quiera engañar, sino porque lleva días intentando convertir su malestar en algo que pueda entregarse sin desbordarse. Relata lo importante, coloca las fechas, explica las relaciones. Al mismo tiempo sucede otra narración: las manos se aprietan, el pie busca el suelo una y otra vez, la respiración se vuelve pequeña justo cuando asegura que aquello ya está superado. Sus palabras no mienten. Dos lenguajes están tratando de encontrarse.
Al principio de mi recorrido sentía la tentación de ayudar a que todo encajara. Si encontraba una relación clara, quería compartirla; si advertía una contradicción, pensaba que señalarla abriría una puerta. A veces lo hacía. Otras veces veía cómo los ojos de la persona se alejaban un poco mientras asentía. Podía aceptar mi explicación, incluso agradecerla, y seguir sintiéndose exactamente igual. Aquello me obligó a reconocer una incomodidad:
una interpretación acertada puede llegar en un momento equivocado. Y una verdad pronunciada desde fuera puede convertirse, sin pretenderlo, en una nueva manera de no escuchar lo que ocurre dentro.

